28/11/10

Adoraba creer que podía tener la vida que quería y que los suyos se sintieran orgullosos de ello. Adoraba viajar mentalmente a los sueños que sabía que no podía alcanzar. Y eso fue, básicamente, lo más cerca que estuvo de su felicidad.

Los días pasaban sin hacerse notar; la ilusión hacía tiempo que se había esfumado junto a sus sonrisas, y sus manos, resecas por el frío, ya no le decían nada. Los constantes suspiros era lo que le quedaba. Y, por cierto, sus ojos tristes ya no podían llorar.

No quedaba nadie más a quién decepcionar. Se fue.

24/10/10

¿Qué nos pasaba? Merche ya no era la misma. Me aterrorizaba la idea de que ya no fuese feliz a mi lado e incluso empecé a temer que mis besos de bienvenida en su mejilla algún día los reprochase. Hacía semanas que no me esperaba para la cena, me dejaba una fiambrera en la nevera para que calentase en el microondas, pero a mí se me quitaba el apetito, es más, jamás tenía hambre por las noches y si cenaba era por estar con ella, por eso nunca llegué a abrir ninguna fiambrera. Poco a poco dejó de poner en agua mis flores y dejaba que muriesen a los pocos días. No me hablaba de nada a penas y cuando le preguntaba ni siquiera me miraba a los ojos para decirme muy bajito que no pasaba nada. Como no me hablaba decidí escribirle una carta que leyó y dejó en su mesita de noche, pero no me dijo nada al respecto. Hasta que un día, llegué como siempre, tarde, del trabajo y en la cocina había un jarrón hermoso que contenía unos preciosos tulipanes lilas con una nota que decía ‘’te quiere, Fernando’’. Ni siquiera me atreví a preguntarme de que Fernando se trataba: si del vecino de dos pisos más abajo, o de su compañero de trabajo, o del panadero; me daba igual quien fuese porqué ya había otro en su vida. Así pues, dejé el clavel blanco que le traje ese día al cual los tulipanes a su lado le hacían pequeño e indefenso, pero él siempre fiel, se mantuvo ahí.
Me marché, para siempre.
Me hablaba del tiempo, pero eso no hacía que los minutos pasasen más deprisa ni que la espera no se hiciese letal. Yo ni siquiera le escuchaba y él se daba cuenta, por eso interrumpió su monólogo para decirme ‘‘no te preocupes, cariño, todo va a salir bien’’. En ese momento me vi obligada a ir a la máquina de refrescos a por uno de ellos qué, por cierto, debían de reponer hace poco, pues estaba del tiempo; le di un sorbo y ahí se quedó. Mi padre acabó levantándose, no podía estar quieto, daba vueltas de un lado a otro del pasillo con las manos en los bolsillos y mirando a sus pies, las enfermeras ya se habían cansado de decirle que se sentase, pero le resultaba inevitable dejar de hacerlo. Era una maldita prueba, pero pese a eso debíamos estar preparados y, no lo estábamos. Se abrió, al fin, la puerta de la consulta 7 y mi padre corrió hacia allí, yo, me levanté y me quedé quieta delante del asiento, entonces salió mi madre con un sobre blanco en la mano, detrás, el médico con una mano en el hombro de mi madre y con el gesto de su cara nos hizo saber a mi padre y a mi que lo sentía; mis padres, entonces, se abrazaron y yo caí en el asiento y rompí a llorar.


23/9/10

Palabras de Marta:

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Hoy esa estúpida cumple seis años. Cuando yo cumplo años nos regalan cosas a las dos y soplamos las velas, mis velas, juntas. En cambio, en los suyos ella es la protagonista y yo lo único que cargo son los abrigos y bolsos para llevarlos a mi habitación, como si mi habitación fuese un vulgar guardarropa, mientras he de soportar que todos los adultos de mi familia pasen su mano sobre mi cabeza y bromeen diciendo ‘¡al final, la pequeña te pasará de altura eh!’ y yo, callada e inútil, sonrío falsamente.

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Palabras de Sandra:

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¡Hoy es mi cumple! Y van a venir a casa los tíos, los primos, los abuelos… seguro que será súper divertido, ojalá me regalen algo para poder jugar con Marta, las pocas veces que hemos jugado juntas me lo he pasado genial. Admiro a Marta, es mi hermana preferida, de hecho mi única hermana, pero la quiero un montón. De ella aprendo cosas increíbles, es muy lista y sabe hacer magia con las cartas. ¡Yo, cuándo tenga sus once quiero ser como ella!

25/8/10

Hacía cuatro años que no sabía nada de ella. Se fue con su embarazo a otro lugar, sin decir por qué. La extrañaba, la extrañaba cada día que pasaba, no había momento en que no pensase en ella y en el sonido de su risa. Pero algo me hacía mantener la esperanza de que un día sonase el teléfono y su voz estuviese en el otro lado del auricular, o, que al abrir la puerta de casa pudiese sentirla de nuevo aquí.

Ese día me dirigía a un rumbo nuevo, necesitaba cambiar de aires por unas horas, aunque ella permanecería en mis pensamientos y en mi corazón.

Hacía un tiempo me dijeron que los parques de Endurce son preciosos y por eso me subí al tren que me llevaría hasta allí, pese a que no pudiese ver su naturaleza, sí podría disfrutar del sonido de los pájaros, del puro olor a hierba mojada, del frescor del agua de la fuente...

Subí en el último vagón al principio de éste, en un asiento de dos, cara a la puerta que accedía al anterior vagón. El sonido de ese viejo tren perturbaba mis oídos y tan solo podía escuchar lo que pasaba alrededor de mi asiento, no sabía si habría alguien más, más atrás. De pronto, el correteo de un niño pequeño se iba acercando, podía escuchar como imitaba el sonido de despegue de un avión, supuse que llevaría uno de juguete en sus manos. ‘Daniel, Daniel ven aquí, no corras, ven, toma el bocadillo, no has almorzado nada’. ¡Era ella, era ella, sin duda era ella! ‘Rebeca, Rebeca’ chillé sin girarme. Pero nadie contestó. Repetí de nuevo ‘Rebeca, Rebeca’ con un tono más fuerte y, esta vez, me giré. ‘Mamá, ¿por qué chilla tu nombre?’ oí como le decía el pequeño. ‘Rebeca, por favor, sé que eres tú’ y me levanté con la intención de que ella se acercara y sé acercó: ‘mamá, lo siento pero me voy, no quiero volver a toparme contigo jamás’. Y le dije: ‘Abrázame por favor y déjame besar a mi nieto’. Se fue. Y yo, a los pocos días, morí de pena.